
El único blog en fase beta permanente e indefinida, con actualizaciones irregulares y aperiódicas y contenidos no siempre interesantes a casico hecho. Es lo que hay.
19.10.09
Veinte años

18.5.09
La luz de bronce / Capítulo II. Lo que recuerdo de antes del alba

Los domingos eran el día favorito de Liz.
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No solo por no tener que ir al instituto o disfrutar de una rutina diferente, sino esencialmente porque su madre la dejaba dormir hasta tarde. En realidad habría que puntualizar que la dejaba permanecer en la cama un par de horas más de lo habitual, pero esas dos horas adicionales no eran solo sueño para Liz, sino ensoñación. El cuerpo de Liz tenía ya adquirido el hábito de salir de su estado de descanso nocturno a la misma hora de siempre, y minuto arriba minuto abajo a las siete de la mañana los ojos se abrían, pero la mente tenía otros planes para esas mañanas y afortunadamente no tenía que luchar mucho para ordenarle al resto del cuerpo que se abstuviese de iniciar la rutina habitual. Las pestañas se separaban un poquito y con movimiento lento el ojo reconocía por la luz que se filtraba entre las cortinas el momento preciso de la mañana.
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Desde diversos resquicios entre la pared y el pesado tejido de las cortinas, una serie de líneas decididamente claras surcaban con extraño rumbo parte de la pared, subían por el techo, atravesaban la habitación y se extraviaban, perdiendo su intensidad, en dirección al armario. Había veces en que si algo o alguien en el exterior de la casa se cruzaba por delante de la trayectoria de la luz, en la pared del dormitorio se podía distinguir una sutil alteración a través de ese dibujo que el sol enviaba a deambular por el interior de la estancia. Liz sabía que si un día durmiera y durmiera y no despertara en semanas, en meses... y de repente saliera del letargo, al instante averiguaría la época del año con solo mirar ese dibujo de luz. En un lateral del jardín frente a la casa había un gran cerezo. En invierno sus ramas eran dedos descarnados que arañaban los jirones de nubes que cruzaban el cielo, en verano un tapiz de hojas verdes salpicados de frutos rojos entre los que se colaban puntos deslumbrantes. En la pared de su dormitorio veía desde la primavera hasta el otoño volúmenes juguetear como eco de la sombra de las ramas llenas de vida. Desde el final del otoño y durante todo el invierno, en cambio, la luz que llegaba desde fuera era más mortecina pero curiosamente diáfana porque no interrumpía su visita ninguna hoja, ninguna cereza, ningún pájaro que al saltar de rama en rama y picotear los frutos que empezaban a madurar danzase sin él saberlo por la pared del dormitorio.
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Liz cerraba los ojos, se daba la vuelta y volvía al territorio brumoso del que apenas se había alejado y las líneas de la pared y el techo se transformaban en un pentagrama en el que las notas saltaban retorciéndose para buscar alimento. Sus pancitas negras se volvían rojas conforme picoteaban los frutos y el pico con el que buscaban cerezas de sonido dulce se enlazaban en zarcillos con los picos de las otras notas que revoloteaban alrededor. Liz no sabía leer una partitura porque nunca había estudiado música, pero sí sabía que según la posición de la nota en la línea o el espacio eso equivalía a un sonido más grave o más agudo según estuviera arriba o abajo... o al revés, no lo sabía con certeza. Así que en algunos de sus sueños de domingo, cuando por la misteriosa razón que fuera y que solo lo profundo de su cerebro sabría explicar, los pájaros que comían cerezas se encontraban con las notas pautadas según había creído interpretar al ver la sucesión de líneas y sombras que discurrían por la pared y el techo, en esas mañanas, los sueños interrumpidos por algún sonido procedente de la calle o de la cocina, constituían una extraña sinfonía de música con sabor a cerezas que empezaban a madurar, mezclando lo dulzón con lo aún amargo, las escalas viraban a los agudos con notas que volaban subiendo por las líneas de la sombra del techo y pájaros con forma de acorde de semicorchea revoloteaban buscando el nido de la clave de Sol.
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En cualquier momento, sin embargo, por el espacio entre dos líneas de ese pentagrama onírico, Liz podía distinguir como si estuviese ella misma volando muy alto, la figura de un corredor en una calle de la pista de atletismo del instituto. Al llegar al final de la calle el corredor saltaba para superar una valla de atletismo y desaparecía un instante, para reaparecer de inmediato por el otro extremo del espacio entre las dos líneas inferiores de la partitura. Marcaban el ritmo de esa sinfonía de sombras y sabor a cereza los pasos del atleta sobre la tierra de la pista. Liz quería bajar desde donde se encontraba para distinguir mejor al corredor, pero era como si se le hubiese olvidado volar hacia abajo y solo pudiese permanecer donde estaba, en el cénit de esa pista de atletismo de extremos musicales, en una posición inalterable, con las alas extendidas sintiendo como el viento la mecía suavemente.
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Pero miraba a los lados... ¿alas? Se preguntaba Liz ¿yo no tengo alas? Sus dedos eran ramas secas como las del cerezo del jardín el día de Acción de Gracias. ¿Cómo podía el viento colarse entre esas ramas oscuras y rígidas y permitirle continuar en las alturas? Empezaba a imaginarse las notas que revoloteaban cada vez más oscuras. Sus pancitas eran de un rojo cada vez más intenso porque comían y comían cerezas de entre las sombras que resbalaban por la pared, y al fin empezaba a surtir efecto. Las notas engordaban y así ella pesaba más y podía bajar desde tan alto al compás de la música. Volvía a fijarse en el atleta, sus pasos resonaban con más fuerza. Como estaba situada justo sobre él nada más que podía distinguir su maquinal braceo y el avance alterno de sus piernas. Era como un juguete mecánico que lanzaba alternativamente unas extremidades cortas y ridículas hacia adelante, hacia atrás, hacia adelante, hacia atrás... sus pasos, cada vez más fuertes, poco a poco dejaban de sonar como una marcha sincopada sobre tierra y se iban transformando en una carrera irregular y frenética sobre tarima. Se acercaban por un lado, ya no estaban bajo ella.
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La puerta del dormitorio se abrió de golpe. Se detuvieron los pasos y sonó la voz chillona de su hermana pequeña:
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-¡Liz, despierta! Hope ha llegado, te está esperando en la cocina.
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Próximamente: Capítulo III: Si el sol se desperezase tras las nubes.
7.5.09
La luz de bronce / Capítulo I. Big bang

De manera que casi podríamos llegar a conceder que hay ocasiones en que una buena mentira es capaz de superar a una buena verdad, como William Randolph Herast en la contienda de Cuba al encargarle a su enviado especial las fotografías del conflicto, que ya pondría él la guerra. Se non è vero è ben trovatto... o el cuento de Navidad de Auggie Wren con que nos encandila Paul Auster en sus páginas y la sonrisa tierna de Harvey Keytel en la pantalla... y tantos otros ejemplos.
Así que podemos imaginar ahora la fascinación que se puede despertar en un auditorio convenientemente entregado, uniéndolo a la habilidad de un grácil narrador, al talento de su inventiva, el calor envolvente de su voz, la cadencia de su capacidad declamatoria y sobre todo el fascinante relato que construye... todos esos elementos son capaces de proporcionar una historia que tomamos como real y que luego al tratar de potenciar la magia desatada con la constatación de la dura realidad resulta un despertar amargo. Concluimos que nos gustó mucho más la versión imaginada de la realidad narrada. Ese atisbo de concreción que buscábamos nos permitió acercarnos al hecho, pero la recreación del mismo era tan superior como los sueños que nos parecen reales y de los que no queremos despertar.
Eso fue lo que sucedió la otra noche, cuando el crítico de cine, narrador, poeta y ante todo fabulador y reflexionador Hilario J. Rodríguez presentaba en Murcia su libro "Mapa mudo". Desde un hilván insospechado comenzó a tejer la exposición de una historia sobre una poetisa, su vida, su obra y sobre todo el misterio de su inspiración y del modo en que más que plasmar su voz en papel fue la propia poesía la que encontró la forma de llegar a hacerse realidad a través de sus manos.
En vano traté de encontrar en las horas y días posteriores más datos que corroborasen esa mitología, Google se empeñaba en desmoronar el castillo de naipes marcados por Hilario hablándome de la realidad de una escritora formada en colegios selectos, que vivió en exóticos lugares y viajó por remotos países, que refugió en Brasil su amor por otra mujer, que vivió la tragedia de no poder ser ella misma en su patria y de perder a su amada y que sí, se convirtió en un referente cultural pero de un modo más convencional.
No he visto el truco, no he detectado al conejo en la manga del prestidigitador, pero estaba tan encandilado con la puesta en escena de una versión mejorada de la realidad que preferí fabular sobre una mentira tan elaborada que recrear los acontecimientos verdaderos. ¿Traicionaría con esto al personaje auténtico? ¿Sería osado pretender inventar una biografía totalmente falsa para encontrar la manera de justificar la belleza que intuía en el relato escuchado?
Elizabeth Bishop desgrana en su poesía descripciones certeras y minuciosas de acontecimientos tan mundanos como la captura de un pez, pero no necesariamente tuvo que haber pescado uno alguna vez, como Julio Verne jamás descendió al fondo del mar ni subió a la Luna. ¿Por que no aventurarme en unas profundidades marinas insospechadas y crear en ellas mi propio paisaje y subir luego a nuestro satélite a elucubrar cráteres? ¿Molestaría mi atrevimiento a Jacques Cousteau o a Neil Armstrong? Existe la ciencia-ficción, en la que se viaja más rápido que la luz o se visitan otras galaxias y se descubren criaturas imaginarias... ¿sería yo capaz de adentrarme en la poesía-ficción?
Me gustan los retos. Algunos incluso llego a culminarlos. A veces se ha dado el caso de que llego a hacerlo de forma exitosa. Pongámonos manos a la obra, pues, y sin vergüenzas, en directo, con luz y taquígrafos. Esto es una invitación a que os adentréis conmigo en un universo que busca su inspiración en la realidad, que se apoya en una fábula narrada en torno a la hoguera de la pasión por las historias bien contadas. Conoceréis lo que nunca nadie contó sobre la poetisa Elizabeth Bishop, y nunca lo contó nadie porque me lo voy a inventar yo a partir de ahora.
Conoceréis a otra Elizabeth Bishop, una que nunca existió. Sabréis porqué abandonó una ciudad gris perdida en medio de Estados Unidos antes de hacerse cargo de la fábrica de salchichas de su padre. Sabréis porqué se instaló durante un año en un apartamento del Village neoyorquino de mediados del S. XX. Sabréis porqué una mañana comenzó a escribir y la poesía fluyó, imparable, de su mano. Sabréis porqué escondió siete poemarios escritos en seis meses. Sabréis porqué una poetisa consagrada la animó a publicar. Sabréis porqué ganó un premio Pulitzer con su primer libro. Sabréis porqué nunca más volvió a escribir... hasta aquel día, años después, en que dos únicos versos volvieron a salir de ella.
Y sabréis qué es la luz de bronce. Fiat lux.
2.5.09
El dos de mayo de hace veinte años
El sol de primavera estaba ya retirándose, eran ya las ocho y media y los ladrillos de los edificios eran dorados en un lado de la plaza, el que miraba a poniente, mientras la sombra refrescaba las fachadas contrarias oscureciendo los muros.
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Llevaban unas semanas sin verse y el día anterior él se había empeñado en quedar en una más de sus insistentes llamadas telefónicas. Ella accedió finalmente a que se vieran, pero solo un rato, y acudió con un vestido corto, veraniego y con cierto escote. Él escogió para la ocasión un polo blanco y un traje que había sido de su abuelo pero que décadas después seguía estando a la moda. Era de un género muy fino color avellana y con un corte algo “mod”, un estilo que no era para nada el suyo, de hecho no tenía un estilo definido de vestir y se limitaba a usar lo que le gustaba como quedaba, aunque fuera una camiseta de los Ramones o una corbata.
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Este era un día especial, al menos él quería que lo fuera, y por eso decidió vestirse así. Ella sonrió divertida al verle con un aspecto tan inusual y reconoció que le quedaba bien. Él le dijo que iba tan guapa como siempre.
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Buscaron un banco de madera en la plaza donde sentarse. Él señaló uno justo en el límite de la sombra, porque la tarde había sido calurosa y a pesar de que el polo era de manga corta y el tejido del traje muy veraniego lo cierto es que tenía calor. Estuvieron un buen rato conversando de las intrascendencias que llenaban las palabras de la recién estrenada mayoría de edad a finales de los años ochenta, cuando no había ni teléfonos móviles ni Internet y las relaciones sexuales adolescentes fuera del matrimonio no eran pecado, sino milagro.
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Se habían conocido unos meses atrás, en el viaje de estudios del instituto por Italia. Él le echó el ojo encima y trató por todos los medios de ganarse algo más que su confianza o su amistad, pero ella no se lo puso nada fácil. Ni difícil, en realidad, simplemente no colaboraba.
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Pasaron un día juntos y solos en Venecia. Las amigas de ella se habían percatado hábilmente de los intentos de él y aprovecharon el momento en que los vieron hablando tras hacerse una foto frente la Torre del Reloj de la Plaza de San Marcos para escabullirse y dejarlos con la única compañía de ellos dos, el uno frente al otro.
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En realidad ambos tuvieron mucha suerte con esa maniobra. Él porque le permitió pasar unas cuantas horas a solas con la chica que tanto le gustaba, ella porque gracias a que su acompañante accidental había pasado una semana en la ciudad de los canales unos años antes pudo conocer rincones y vericuetos alejados de las habituales visitas de un día, lugares singulares, callejones, puentes y plazoletas recónditas y solitarias.
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El resto del viaje de estudios transcurrió por un Italia a través de la que él se empeñaba en conseguir traspasar una barrera que ella no dejaba de mantener infranqueable. Al menos no se lo tomó como algo personal porque tanto ella como el resto de las chicas que iban en el viaje de estudios eran totalmente inmunes a las acometidas de los envalentonados muchachos, tanto los visitantes como los locales, porque los “pulpos” italianos lo intentaban con artillería pesada pero ellas se cerraban en banda. De hecho en Montecatini, pequeño pueblo de la Toscana, las chicas tuvieron que pedirle los chicos que las ayudaran ante el infatigable acoso de los italianos, que llegó realmente a generar situaciones algo más que incómodas.
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Ya de vuelta a casa él insistía en quedar y mantener el contacto y se conformaba con no poder llegar a más que a una amistad en la que cada vez veía menos posibilidades de evolución conforme a sus interese. Pero en este día él quería marcar una diferencia.
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Con su mejor amigo tenía una broma particular, una frase que indicaba que se iba a organizar un buen follón: “aquí vamos a tener un dos de mayo”. Y hoy era dos de mayo.
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La cita iba llegando a su fin y de momento todo seguía como de costumbre, conversación y poco más. Se levantaron del banco, caminaron uno al lado del otro hasta detenerse delante de un muro donde él se volvió y casi sin pensárselo le salió un recurso de última hora.
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-Bueno, ¿me das un beso?
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-Anda, ¿y eso porqué?
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-Pues por salvarte de los italianos en Montecatini.
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Ella sonrió unos segundos mirándole a los ojos. Se aproximó, él también lo hizo, sus labios acercándose poco a poco hasta que se encontraron en uno de esos besos que nunca olvidas porque solo ocurren una vez. Solo hay un primer beso entre dos personas.
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Pasaban los segundos y el beso continuaba, sus cuerpos estaban próximos pero aún mantenían cierta distancia preventiva, la falta de costumbre... sus dientes se entrechocaron en medio de las evoluciones propias del momento, sin separarse, las comisuras de los labios de ella esbozaron una breve risa pero continuó besando.
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Cuando se separaron ambos se miraban con una mezcla de incredulidad y satisfacción.
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-Besas muy bien -le agasajó ella.
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-Gracias, tú también -correspondió sinceramente él.
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Siete meses después empezaron a salir. El día que cumplían trece años como novios se casaron. Luego dejaron de estar enamorados, dejaron de estar casados y dejaron de besarse. Sus vidas continuaron y hubo otros amores y otros desamores. También otros besos, claro, muchos. Pero ¿porqué será que algunos besos jamás se olvidan?
19.4.09
El cuarto de El Pozo
18.4.09
Memorias sentimentales de un Gallo de Escayola: Manos a traves del aire
7.4.09
Memorias sentimentales de un gallo de escayola: La música de la lluvia tras el cristal

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Algunos momentos de nuestras vidas requerirían de una banda sonora musical específica para al evocarlos alcanzar en toda su magnitud el grado de emotividad con que tuvieron lugar.
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A veces, como en una película de Dogma, efectivamente, suena una melodía de fondo y la vinculas a tu experiencia vital. En ocasiones la música es hasta apropiada y el recuerdo resulta años después idílico, totalmente cinematográfico. Hay otras veces en que existe una falta de adecuación total y mientras descubres un paisaje maravilloso, te deja tu pareja o te enamoras suena una polka, música bakalao o Georgie Dann. Adiós a la magia para siempre jamás.
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Esa noche, en cambio, no había música alguna.
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Llovía. Era primavera, una primavera recién estrenada pero totalmente atípica, de hecho el día anterior en la sierra la cumbre aparecía nevada. La lluvia era incesante, duraba ya varios días, la sangre se altera pero era curioso sentirlo en lo que parecía invierno.
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No había una causa, simplemente me apetecía. Marqué su número en el móvil y me senté en el sillón. Tenía ganas de hablar con ella, sin más.
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Y así sucedió durante más de hora y media, ella en su casa, yo en la mía, con la lluvia buscando el pentagrama de nuestros cristales para componer una melodía que envolviese nuestra conversación.
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Se puede decir que nos contamos la vida. Habíamos empezado ya a hacerlo en conversaciones previas, esas charlas en las que al final partiendo de la anécdota llegas a la categoría sin proponértelo realmente. Esa noche quizá nos sinceramos más por el hecho de no estar mirándonos a los ojos. Y así lo comentamos. Creo que ambos nos encontrábamos cómodos con la mutua compañía, pero la ausencia de una mirada que repruebe o asienta un comentario puede facilitar la confesión sincera, la complicidad.
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Yo me acordaba por momentos de una canción de Franco Battiato, "E ti vengo a cercare" ("Y te vengo a buscar") en la que declara la necesidad de estar en presencia de alguien especial por el mero hecho de querer ver a esa persona o hablar con ella, hablar para poder entender mejor la propia esencia, resultando en un arranque místico y sensual que le encadena a esa persona, concluyendo después de cierto devaneo con las profundidades del espíritu que en realidad la única razón para la búsqueda de esa presencia, de esa compañía, es que estás bien con esa persona.
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A veces simplemente esa es la recompensa. A veces incluso se alcanza un premio. Saber que sin un motivo o un objetivo, en medio de una noche fría, lluviosa y desapacible, la conversación con alguien que te resulta estimulante te hace sentir bien y al mismo tiempo notas que también esa persona pasa un rato agradable.
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Luego progresivamente se va ahondando en las auténticas preocupaciones vitales, en los sentimientos de dolor, fustración o desesperanza, se comparten las penas y se procura esquivar las lágrimas, que ya llora bastante el cielo esta noche. Hay, como no, momento para la risa, para el humor que recarga las pilas, para la ilusión y la luz al final del túnel.
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Gozamos de la ventaja que no tienen las despedidas de película. En el cine el tren parte del andén irremisiblemente, dejándola a ella desamparada en el vagón que se escapa y a él angustiado corriendo por el andén de la estación esquivando pasajeros. Nosotros nos despedimos pero retomamos la conversación y al cabo de unos minutos volvemos a despedirnos pero volvemos a encontrar hilo de diálogo y nos atamos un poquito con el mismo hasta que decidimos quedarnos cada uno con nuestro lado del cordel, pero todavía no, que ahora que lo dices me acuerdo que el otro día...
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En nuestras palabras había mensajes que cara a cara quizá cuestan más llegar al interlocutor porque nos cuesta vencer el peso de la mirada de enfrente, aun cuando sabemos que no hay reproche ni cuestionamiento a nuestra confidencia. Eso quizá haya sido esa noche una ventaja, pero pese a todo echo de menos la sonrisa de sus ojos o el aleteo de sus pestañas y su mirada de reojo pícara y divertida. La risa de su voz si la tenía a mi lado esa noche, y me hacía sentir bien.
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Acabó la conversación y la lluvia continuaba su concierto en la ventana. Me quedé todavía un rato disfrutándolo.
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Cortesía de "Memorias sentimentales de un gallo de escayola".
27.3.09
Jennifer Anniston busca donante de esperma

21.1.09
Memorias sentimentales de un gallo de escayola: Canon de madrugada en el piano del Zalaca

23.11.08
Lucia y el sueño de Memnon

16.10.08
Promesas del Sureste


3.6.08
500 entradas y de regalo una primicia: Memorias sentimentales de un gallo de escayola

Malo es que un tonto se proponga algo, pero cuando no te lo propones también consigues cosas.
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Momentos raptados al tiempo y a la memoria, a los deseos y a los sueños, obligados a perpetuarse en ceros y unos para no olvidar noches de anhelos, rostros indelebles, ojos que se ven en el interior de los párpados al cerrarlos. Intenciones que quedan en nada, frustraciones y afanes que en alguna realidad paralela sí encontraron éxito y cumplida realización.
26.5.08
Red Cammy, any given 1944 night


6.5.08
La sonrisa de sus ojos llorosos

17.4.08
La noche de los cristales rotos

10.4.08
"No merece la pena"

20.2.08
No cabe

