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19.10.09

Veinte años


-Oye, tienes que preguntarme una cosa.
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-Ya... ¿sabes coser?
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-Sí, pero no es eso.
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-¿Me quieres?
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-Sí
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En la tele de la cocina ponían "Casablanca". Mientras, en la central nuclear de Vandellós tenía lugar un incidente nuclear. Ese año se derrumbó el Muro de Berlín, la URSS abandonaba Afganistán, se lanzaron los satélites que posibilitaban la navegación GPS, nacía el protocolo de comunicación informática WWW, Salman Rushdie era condenado por sus "Versos Satánicos" con una "fatwa" pronunciada por un ayatollah Jomeini que poco después moriría, el petrolero Exxon Valdez llenaba Alaska de crudo, en China se protestaba en Tiananmen y un señor con una bolsas de plástico del supermercado era capaz de detener una columna de tanques, la Voyager 2 pasaba por Neptuno, al Dalai Lama se le concedía el Nobel de la Paz, se fusilaba a Ceaucescu, el Ibex35 comenzaba a cotizar y el mundo se llenaba de Game Boys. Pequeños adoquines en el camino de la Historia.
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Pero a ellos solo les importaba que comenzaba su historia en común.

18.5.09

La luz de bronce / Capítulo II. Lo que recuerdo de antes del alba


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Los domingos eran el día favorito de Liz.

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No solo por no tener que ir al instituto o disfrutar de una rutina diferente, sino esencialmente porque su madre la dejaba dormir hasta tarde. En realidad habría que puntualizar que la dejaba permanecer en la cama un par de horas más de lo habitual, pero esas dos horas adicionales no eran solo sueño para Liz, sino ensoñación. El cuerpo de Liz tenía ya adquirido el hábito de salir de su estado de descanso nocturno a la misma hora de siempre, y minuto arriba minuto abajo a las siete de la mañana los ojos se abrían, pero la mente tenía otros planes para esas mañanas y afortunadamente no tenía que luchar mucho para ordenarle al resto del cuerpo que se abstuviese de iniciar la rutina habitual. Las pestañas se separaban un poquito y con movimiento lento el ojo reconocía por la luz que se filtraba entre las cortinas el momento preciso de la mañana.

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Desde diversos resquicios entre la pared y el pesado tejido de las cortinas, una serie de líneas decididamente claras surcaban con extraño rumbo parte de la pared, subían por el techo, atravesaban la habitación y se extraviaban, perdiendo su intensidad, en dirección al armario. Había veces en que si algo o alguien en el exterior de la casa se cruzaba por delante de la trayectoria de la luz, en la pared del dormitorio se podía distinguir una sutil alteración a través de ese dibujo que el sol enviaba a deambular por el interior de la estancia. Liz sabía que si un día durmiera y durmiera y no despertara en semanas, en meses... y de repente saliera del letargo, al instante averiguaría la época del año con solo mirar ese dibujo de luz. En un lateral del jardín frente a la casa había un gran cerezo. En invierno sus ramas eran dedos descarnados que arañaban los jirones de nubes que cruzaban el cielo, en verano un tapiz de hojas verdes salpicados de frutos rojos entre los que se colaban puntos deslumbrantes. En la pared de su dormitorio veía desde la primavera hasta el otoño volúmenes juguetear como eco de la sombra de las ramas llenas de vida. Desde el final del otoño y durante todo el invierno, en cambio, la luz que llegaba desde fuera era más mortecina pero curiosamente diáfana porque no interrumpía su visita ninguna hoja, ninguna cereza, ningún pájaro que al saltar de rama en rama y picotear los frutos que empezaban a madurar danzase sin él saberlo por la pared del dormitorio.

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Liz cerraba los ojos, se daba la vuelta y volvía al territorio brumoso del que apenas se había alejado y las líneas de la pared y el techo se transformaban en un pentagrama en el que las notas saltaban retorciéndose para buscar alimento. Sus pancitas negras se volvían rojas conforme picoteaban los frutos y el pico con el que buscaban cerezas de sonido dulce se enlazaban en zarcillos con los picos de las otras notas que revoloteaban alrededor. Liz no sabía leer una partitura porque nunca había estudiado música, pero sí sabía que según la posición de la nota en la línea o el espacio eso equivalía a un sonido más grave o más agudo según estuviera arriba o abajo... o al revés, no lo sabía con certeza. Así que en algunos de sus sueños de domingo, cuando por la misteriosa razón que fuera y que solo lo profundo de su cerebro sabría explicar, los pájaros que comían cerezas se encontraban con las notas pautadas según había creído interpretar al ver la sucesión de líneas y sombras que discurrían por la pared y el techo, en esas mañanas, los sueños interrumpidos por algún sonido procedente de la calle o de la cocina, constituían una extraña sinfonía de música con sabor a cerezas que empezaban a madurar, mezclando lo dulzón con lo aún amargo, las escalas viraban a los agudos con notas que volaban subiendo por las líneas de la sombra del techo y pájaros con forma de acorde de semicorchea revoloteaban buscando el nido de la clave de Sol.

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En cualquier momento, sin embargo, por el espacio entre dos líneas de ese pentagrama onírico, Liz podía distinguir como si estuviese ella misma volando muy alto, la figura de un corredor en una calle de la pista de atletismo del instituto. Al llegar al final de la calle el corredor saltaba para superar una valla de atletismo y desaparecía un instante, para reaparecer de inmediato por el otro extremo del espacio entre las dos líneas inferiores de la partitura. Marcaban el ritmo de esa sinfonía de sombras y sabor a cereza los pasos del atleta sobre la tierra de la pista. Liz quería bajar desde donde se encontraba para distinguir mejor al corredor, pero era como si se le hubiese olvidado volar hacia abajo y solo pudiese permanecer donde estaba, en el cénit de esa pista de atletismo de extremos musicales, en una posición inalterable, con las alas extendidas sintiendo como el viento la mecía suavemente.

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Pero miraba a los lados... ¿alas? Se preguntaba Liz ¿yo no tengo alas? Sus dedos eran ramas secas como las del cerezo del jardín el día de Acción de Gracias. ¿Cómo podía el viento colarse entre esas ramas oscuras y rígidas y permitirle continuar en las alturas? Empezaba a imaginarse las notas que revoloteaban cada vez más oscuras. Sus pancitas eran de un rojo cada vez más intenso porque comían y comían cerezas de entre las sombras que resbalaban por la pared, y al fin empezaba a surtir efecto. Las notas engordaban y así ella pesaba más y podía bajar desde tan alto al compás de la música. Volvía a fijarse en el atleta, sus pasos resonaban con más fuerza. Como estaba situada justo sobre él nada más que podía distinguir su maquinal braceo y el avance alterno de sus piernas. Era como un juguete mecánico que lanzaba alternativamente unas extremidades cortas y ridículas hacia adelante, hacia atrás, hacia adelante, hacia atrás... sus pasos, cada vez más fuertes, poco a poco dejaban de sonar como una marcha sincopada sobre tierra y se iban transformando en una carrera irregular y frenética sobre tarima. Se acercaban por un lado, ya no estaban bajo ella.

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La puerta del dormitorio se abrió de golpe. Se detuvieron los pasos y sonó la voz chillona de su hermana pequeña:

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-¡Liz, despierta! Hope ha llegado, te está esperando en la cocina.

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Próximamente: Capítulo III: Si el sol se desperezase tras las nubes.

7.5.09

La luz de bronce / Capítulo I. Big bang


La mentira, nunca suficientemente bien ponderada. El ansia de saber y conocer nos impulsa a buscar la verdad de las cosas, pero siempre hay una ocasión en que un disfraz engalana la certidumbre y armoniza un conjunto que la realidad había estropeado irremisiblemente. La realidad... se dice de ella que siempre supera a la ficción, pero hay sueños y cuentos que estimulan nuestra imaginación y potencian nuestros sentimientos más de lo que lo harían los hechos auténticos. En la vida hay momentos suficientes para reir o llorar pero ¿cuantas emociones falsas nos ha provocado una pintura, un libro, una película, una melodía? Y eran falsas porque provenían de una fabulación o una simulación, pero en nuestro interior catalizaban y se convertían en auténticas, y reíamos o llorábamos de corazón.

De manera que casi podríamos llegar a conceder que hay ocasiones en que una buena mentira es capaz de superar a una buena verdad, como William Randolph Herast en la contienda de Cuba al encargarle a su enviado especial las fotografías del conflicto, que ya pondría él la guerra. Se non è vero è ben trovatto... o el cuento de Navidad de Auggie Wren con que nos encandila Paul Auster en sus páginas y la sonrisa tierna de Harvey Keytel en la pantalla... y tantos otros ejemplos.

Así que podemos imaginar ahora la fascinación que se puede despertar en un auditorio convenientemente entregado, uniéndolo a la habilidad de un grácil narrador, al talento de su inventiva, el calor envolvente de su voz, la cadencia de su capacidad declamatoria y sobre todo el fascinante relato que construye... todos esos elementos son capaces de proporcionar una historia que tomamos como real y que luego al tratar de potenciar la magia desatada con la constatación de la dura realidad resulta un despertar amargo. Concluimos que nos gustó mucho más la versión imaginada de la realidad narrada. Ese atisbo de concreción que buscábamos nos permitió acercarnos al hecho, pero la recreación del mismo era tan superior como los sueños que nos parecen reales y de los que no queremos despertar.

Eso fue lo que sucedió la otra noche, cuando el crítico de cine, narrador, poeta y ante todo fabulador y reflexionador Hilario J. Rodríguez presentaba en Murcia su libro "Mapa mudo". Desde un hilván insospechado comenzó a tejer la exposición de una historia sobre una poetisa, su vida, su obra y sobre todo el misterio de su inspiración y del modo en que más que plasmar su voz en papel fue la propia poesía la que encontró la forma de llegar a hacerse realidad a través de sus manos.

En vano traté de encontrar en las horas y días posteriores más datos que corroborasen esa mitología, Google se empeñaba en desmoronar el castillo de naipes marcados por Hilario hablándome de la realidad de una escritora formada en colegios selectos, que vivió en exóticos lugares y viajó por remotos países, que refugió en Brasil su amor por otra mujer, que vivió la tragedia de no poder ser ella misma en su patria y de perder a su amada y que sí, se convirtió en un referente cultural pero de un modo más convencional.

No he visto el truco, no he detectado al conejo en la manga del prestidigitador, pero estaba tan encandilado con la puesta en escena de una versión mejorada de la realidad que preferí fabular sobre una mentira tan elaborada que recrear los acontecimientos verdaderos. ¿Traicionaría con esto al personaje auténtico? ¿Sería osado pretender inventar una biografía totalmente falsa para encontrar la manera de justificar la belleza que intuía en el relato escuchado?

Elizabeth Bishop desgrana en su poesía descripciones certeras y minuciosas de acontecimientos tan mundanos como la captura de un pez, pero no necesariamente tuvo que haber pescado uno alguna vez, como Julio Verne jamás descendió al fondo del mar ni subió a la Luna. ¿Por que no aventurarme en unas profundidades marinas insospechadas y crear en ellas mi propio paisaje y subir luego a nuestro satélite a elucubrar cráteres? ¿Molestaría mi atrevimiento a Jacques Cousteau o a Neil Armstrong? Existe la ciencia-ficción, en la que se viaja más rápido que la luz o se visitan otras galaxias y se descubren criaturas imaginarias... ¿sería yo capaz de adentrarme en la poesía-ficción?

Me gustan los retos. Algunos incluso llego a culminarlos. A veces se ha dado el caso de que llego a hacerlo de forma exitosa. Pongámonos manos a la obra, pues, y sin vergüenzas, en directo, con luz y taquígrafos. Esto es una invitación a que os adentréis conmigo en un universo que busca su inspiración en la realidad, que se apoya en una fábula narrada en torno a la hoguera de la pasión por las historias bien contadas. Conoceréis lo que nunca nadie contó sobre la poetisa Elizabeth Bishop, y nunca lo contó nadie porque me lo voy a inventar yo a partir de ahora.

Conoceréis a otra Elizabeth Bishop, una que nunca existió. Sabréis porqué abandonó una ciudad gris perdida en medio de Estados Unidos antes de hacerse cargo de la fábrica de salchichas de su padre. Sabréis porqué se instaló durante un año en un apartamento del Village neoyorquino de mediados del S. XX. Sabréis porqué una mañana comenzó a escribir y la poesía fluyó, imparable, de su mano. Sabréis porqué escondió siete poemarios escritos en seis meses. Sabréis porqué una poetisa consagrada la animó a publicar. Sabréis porqué ganó un premio Pulitzer con su primer libro. Sabréis porqué nunca más volvió a escribir... hasta aquel día, años después, en que dos únicos versos volvieron a salir de ella.

Y sabréis qué es la luz de bronce. Fiat lux.

2.5.09

El dos de mayo de hace veinte años


El sol de primavera estaba ya retirándose, eran ya las ocho y media y los ladrillos de los edificios eran dorados en un lado de la plaza, el que miraba a poniente, mientras la sombra refrescaba las fachadas contrarias oscureciendo los muros.

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Llevaban unas semanas sin verse y el día anterior él se había empeñado en quedar en una más de sus insistentes llamadas telefónicas. Ella accedió finalmente a que se vieran, pero solo un rato, y acudió con un vestido corto, veraniego y con cierto escote. Él escogió para la ocasión un polo blanco y un traje que había sido de su abuelo pero que décadas después seguía estando a la moda. Era de un género muy fino color avellana y con un corte algo “mod”, un estilo que no era para nada el suyo, de hecho no tenía un estilo definido de vestir y se limitaba a usar lo que le gustaba como quedaba, aunque fuera una camiseta de los Ramones o una corbata.

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Este era un día especial, al menos él quería que lo fuera, y por eso decidió vestirse así. Ella sonrió divertida al verle con un aspecto tan inusual y reconoció que le quedaba bien. Él le dijo que iba tan guapa como siempre.

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Buscaron un banco de madera en la plaza donde sentarse. Él señaló uno justo en el límite de la sombra, porque la tarde había sido calurosa y a pesar de que el polo era de manga corta y el tejido del traje muy veraniego lo cierto es que tenía calor. Estuvieron un buen rato conversando de las intrascendencias que llenaban las palabras de la recién estrenada mayoría de edad a finales de los años ochenta, cuando no había ni teléfonos móviles ni Internet y las relaciones sexuales adolescentes fuera del matrimonio no eran pecado, sino milagro.

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Se habían conocido unos meses atrás, en el viaje de estudios del instituto por Italia. Él le echó el ojo encima y trató por todos los medios de ganarse algo más que su confianza o su amistad, pero ella no se lo puso nada fácil. Ni difícil, en realidad, simplemente no colaboraba.

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Pasaron un día juntos y solos en Venecia. Las amigas de ella se habían percatado hábilmente de los intentos de él y aprovecharon el momento en que los vieron hablando tras hacerse una foto frente la Torre del Reloj de la Plaza de San Marcos para escabullirse y dejarlos con la única compañía de ellos dos, el uno frente al otro.

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En realidad ambos tuvieron mucha suerte con esa maniobra. Él porque le permitió pasar unas cuantas horas a solas con la chica que tanto le gustaba, ella porque gracias a que su acompañante accidental había pasado una semana en la ciudad de los canales unos años antes pudo conocer rincones y vericuetos alejados de las habituales visitas de un día, lugares singulares, callejones, puentes y plazoletas recónditas y solitarias.

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El resto del viaje de estudios transcurrió por un Italia a través de la que él se empeñaba en conseguir traspasar una barrera que ella no dejaba de mantener infranqueable. Al menos no se lo tomó como algo personal porque tanto ella como el resto de las chicas que iban en el viaje de estudios eran totalmente inmunes a las acometidas de los envalentonados muchachos, tanto los visitantes como los locales, porque los “pulpos” italianos lo intentaban con artillería pesada pero ellas se cerraban en banda. De hecho en Montecatini, pequeño pueblo de la Toscana, las chicas tuvieron que pedirle los chicos que las ayudaran ante el infatigable acoso de los italianos, que llegó realmente a generar situaciones algo más que incómodas.

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Ya de vuelta a casa él insistía en quedar y mantener el contacto y se conformaba con no poder llegar a más que a una amistad en la que cada vez veía menos posibilidades de evolución conforme a sus interese. Pero en este día él quería marcar una diferencia.

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Con su mejor amigo tenía una broma particular, una frase que indicaba que se iba a organizar un buen follón: “aquí vamos a tener un dos de mayo”. Y hoy era dos de mayo.

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La cita iba llegando a su fin y de momento todo seguía como de costumbre, conversación y poco más. Se levantaron del banco, caminaron uno al lado del otro hasta detenerse delante de un muro donde él se volvió y casi sin pensárselo le salió un recurso de última hora.

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-Bueno, ¿me das un beso?

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-Anda, ¿y eso porqué?

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-Pues por salvarte de los italianos en Montecatini.

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Ella sonrió unos segundos mirándole a los ojos. Se aproximó, él también lo hizo, sus labios acercándose poco a poco hasta que se encontraron en uno de esos besos que nunca olvidas porque solo ocurren una vez. Solo hay un primer beso entre dos personas.

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Pasaban los segundos y el beso continuaba, sus cuerpos estaban próximos pero aún mantenían cierta distancia preventiva, la falta de costumbre... sus dientes se entrechocaron en medio de las evoluciones propias del momento, sin separarse, las comisuras de los labios de ella esbozaron una breve risa pero continuó besando.

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Cuando se separaron ambos se miraban con una mezcla de incredulidad y satisfacción.

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-Besas muy bien -le agasajó ella.

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-Gracias, tú también -correspondió sinceramente él.

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Siete meses después empezaron a salir. El día que cumplían trece años como novios se casaron. Luego dejaron de estar enamorados, dejaron de estar casados y dejaron de besarse. Sus vidas continuaron y hubo otros amores y otros desamores. También otros besos, claro, muchos. Pero ¿porqué será que algunos besos jamás se olvidan?

19.4.09

El cuarto de El Pozo



Un espejo pintado de flores recoge el rincon desconchado, el sofa tapado para protegerlo del polvo, la cama recien hecha, un vetusto arcon sobre el que el ventilador resulta innecesario y un flexo que crea una atmosfera acogedora.
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El suelo esta desgastado en algunos sitios por la humedad y el salitre, algunas hojas del cercano jardin se han colado por las rendijas de las ventanas de madera. Tengo la impresion de que duermo a medio camino entre una habitacion sin limites y un patio acogedor y recoleto.
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El interruptor sirve para encender la luz de la calle. El sonido de la lluvia incesante y el cercano mar me arrullan, no hace mucho viento.
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Antes de que me venza el sueño leo viejas historias de terror y ensayos sobre los mundos oniricos y de pesadilla de Lovecraft, pesadillas que vienen de tiempos olvidados y de profundidades marinas. Oigo el oleaje.
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Duermo como un bendito hasta bien entrada la mañana. Al despertar continua la lluvia. El dia se presagia gris.
Posted by Picasa

18.4.09

Memorias sentimentales de un Gallo de Escayola: Manos a traves del aire



Para I. entre otras cosas porque al final contuvo sus lágrimas.
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-¿Tu sabes si esta tarde ponen "Memorias de África" en la tele?
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-Pues la verdad es que no, ni idea.
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-Es una película preciosa, siempre que la veo termino llorando.
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-Pues te vas a reír... yo no la he visto nunca.
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-¡No me lo puedo creer!
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-De verdad.
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-Pero ¿ni un trozo?
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-Bueno, sí, he visto trozos sueltos de algunas veces que la han puesto en la tele. Cuando se encuentran en el tren, el vuelo en avioneta, la escena en que él le lava el pelo a ella... pero vamos, que no, no la he visto.
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-Pues es una lastima.
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-Pues sí.
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Un buen rato después de acabar la conversación por teléfono un mensaje llega al móvil de él:
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"Al final la ponen en la 1 Voy a coger los kleenex"
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La respuesta no se hace esperar:
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"Si necesitas mas kleenex, o un hombro, o un hombre, o helado... ¿me llamarás?"
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Inmediatamente llega contrareplica:
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"Solo si el helado es de chocolate!!!".
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Poco después, en concreto el tiempo justo para comprar una tarrina de Chocolate Belga de Haagen-Dazs y unos kleenex (por la coña) y cruzar en moto la ciudad de punta a punta, el móvil de ella suena.
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-Buenas ¿como llevas el gasto de kleenex?
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-Jajaja. Aun no he empezado a usarlo, ¿por que lo dices?
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-Bueno, por si te hacían falta mas te he traído un paquete... y un poco de helado de chocolate.
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-Pero ¿que dices? ¿donde estás?
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-Pues si no me equivoco en la puerta de tu casa.
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-¡Anda ya!
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-Que si, ¿en que piso vives?
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-Jajaja, que guasa tienes.
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-No en serio.
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-En el 2º C
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Con la mano en la que sostiene la bolsa con el helado y los kleenex consigue medio liberar un dedo para apretar el botón del telefonillo.
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-¿Es ese que suena?
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-No me lo puedo creer. Lo del helado de chocolate sera una broma ¿no?
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-Nunca bromeo cuando se trata de helado de chocolate. Asomate por la ventana y lo veras.
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Ella se asoma. El saca la tarrina de helado de la bolsa y la muestra agitándola hacia los lados. Sus sonrisas se cruzan.
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Ella vuelve al interior, abre la puerta, el sube. Llega a su piso, ella le espera con la puerta abierta y los ojos llenos de sonrisa. Se dan dos besos. Le da el helado y los kleenex. Pasan al salón. El deja el casco en el suelo y la chaqueta en el respaldo de una silla. Ella le señala un lugar en el sofá, frente a la tele. Se sientan y ella le extiende la manta para compartir el calor de hogar.
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Ven la película salpicándola de comentarios, unos a propósito de la misma, otros no. Callan en momentos singulares. Apostillan frases y actitudes. Convergen y divergen.
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Llega el momento en que Robert Redford y Meryl Streep suben a una avioneta a recorrer el infinito azul del cielo africano sobre tierra, lago, pastos y arboles verdes, tierra marrón, animales que corren, todo entre nubes, sueños y silencios.
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Quizá debería haber sido el momento apropiado. Aquel en que Meryl alarga su mano hacia atrás, a ciegas, sabiendo que encontrara la de Robert. El lo piensa, por un instante su mirada se aparta de la pantalla y mira la mano de ella, sobre el regazo, por encima de la manta. Mal momento para la vacilación, la duda...
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La avioneta se aleja por el cielo de África, la música de John Barry se desvanece, y cuando el cree que la magia aun puede prolongarse un poco, que lo bonito que podría resultar todo si la vida fuera un poco como en el cine esta a punto de darle una oportunidad la vil audiencia, el share y los anunciantes dan al traste con su imaginación a base de una pausa publicitaria tan brusca como inoportuna. La música va desapareciendo poco a poco y la avioneta se aleja perdiéndose entre las nubes y el ruido del viento, lo que deja paso bruscamente a una sucesión de motos corriendo por un circuito de velocidad, anunciando la carrera de mañana domingo.
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Por unos minutos le repatean las motos.
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Cuando acaba la película ella le confiesa que ha sido la primera vez que no ha llorado al verla, porque le daba vergüenza hacerlo delante de el. El se calla que también ha estado a punto de llorar, pero de rabia por la falta de oportunidad de las pausas publicitarias y su falta de miramiento con el romanticismo de los espectadores.
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7.4.09

Memorias sentimentales de un gallo de escayola: La música de la lluvia tras el cristal


Gracias a Lola Gracia por animarme a contarlo. Gracias a I. por inspirarme.
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Algunos momentos de nuestras vidas requerirían de una banda sonora musical específica para al evocarlos alcanzar en toda su magnitud el grado de emotividad con que tuvieron lugar.
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A veces, como en una película de Dogma, efectivamente, suena una melodía de fondo y la vinculas a tu experiencia vital. En ocasiones la música es hasta apropiada y el recuerdo resulta años después idílico, totalmente cinematográfico. Hay otras veces en que existe una falta de adecuación total y mientras descubres un paisaje maravilloso, te deja tu pareja o te enamoras suena una polka, música bakalao o Georgie Dann. Adiós a la magia para siempre jamás.
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Esa noche, en cambio, no había música alguna.
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Llovía. Era primavera, una primavera recién estrenada pero totalmente atípica, de hecho el día anterior en la sierra la cumbre aparecía nevada. La lluvia era incesante, duraba ya varios días, la sangre se altera pero era curioso sentirlo en lo que parecía invierno.
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No había una causa, simplemente me apetecía. Marqué su número en el móvil y me senté en el sillón. Tenía ganas de hablar con ella, sin más.
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Y así sucedió durante más de hora y media, ella en su casa, yo en la mía, con la lluvia buscando el pentagrama de nuestros cristales para componer una melodía que envolviese nuestra conversación.
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Se puede decir que nos contamos la vida. Habíamos empezado ya a hacerlo en conversaciones previas, esas charlas en las que al final partiendo de la anécdota llegas a la categoría sin proponértelo realmente. Esa noche quizá nos sinceramos más por el hecho de no estar mirándonos a los ojos. Y así lo comentamos. Creo que ambos nos encontrábamos cómodos con la mutua compañía, pero la ausencia de una mirada que repruebe o asienta un comentario puede facilitar la confesión sincera, la complicidad.
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Yo me acordaba por momentos de una canción de Franco Battiato, "E ti vengo a cercare" ("Y te vengo a buscar") en la que declara la necesidad de estar en presencia de alguien especial por el mero hecho de querer ver a esa persona o hablar con ella, hablar para poder entender mejor la propia esencia, resultando en un arranque místico y sensual que le encadena a esa persona, concluyendo después de cierto devaneo con las profundidades del espíritu que en realidad la única razón para la búsqueda de esa presencia, de esa compañía, es que estás bien con esa persona.
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A veces simplemente esa es la recompensa. A veces incluso se alcanza un premio. Saber que sin un motivo o un objetivo, en medio de una noche fría, lluviosa y desapacible, la conversación con alguien que te resulta estimulante te hace sentir bien y al mismo tiempo notas que también esa persona pasa un rato agradable.
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Luego progresivamente se va ahondando en las auténticas preocupaciones vitales, en los sentimientos de dolor, fustración o desesperanza, se comparten las penas y se procura esquivar las lágrimas, que ya llora bastante el cielo esta noche. Hay, como no, momento para la risa, para el humor que recarga las pilas, para la ilusión y la luz al final del túnel.
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Gozamos de la ventaja que no tienen las despedidas de película. En el cine el tren parte del andén irremisiblemente, dejándola a ella desamparada en el vagón que se escapa y a él angustiado corriendo por el andén de la estación esquivando pasajeros. Nosotros nos despedimos pero retomamos la conversación y al cabo de unos minutos volvemos a despedirnos pero volvemos a encontrar hilo de diálogo y nos atamos un poquito con el mismo hasta que decidimos quedarnos cada uno con nuestro lado del cordel, pero todavía no, que ahora que lo dices me acuerdo que el otro día...
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En nuestras palabras había mensajes que cara a cara quizá cuestan más llegar al interlocutor porque nos cuesta vencer el peso de la mirada de enfrente, aun cuando sabemos que no hay reproche ni cuestionamiento a nuestra confidencia. Eso quizá haya sido esa noche una ventaja, pero pese a todo echo de menos la sonrisa de sus ojos o el aleteo de sus pestañas y su mirada de reojo pícara y divertida. La risa de su voz si la tenía a mi lado esa noche, y me hacía sentir bien.
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Acabó la conversación y la lluvia continuaba su concierto en la ventana. Me quedé todavía un rato disfrutándolo.
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Cortesía de "Memorias sentimentales de un gallo de escayola".

27.3.09

Jennifer Anniston busca donante de esperma


Ese anuncio bastaria de por si para generar larguisimas colas.
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Me refiero a hileras de hombres uno detras de otro, malpensados. La cuestion es que la conocida actriz ha decidido proclamar que tendra un hijo de la manera que sea, aunque ello implique recurrir a la fecundacion in vitro, harta como esta de desengaños amorosos pero "sinencambio" dispuesta a ser madre antes que el reloj biologico indique que el arroz caldoso al final va a ser arroz con costra.
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Y que quereis que os diga, a mi me da mucha pena que una mujer que probablemente no sea la peor compañera que puede echarse un hombre no haya tenido la suficiente suerte como para dar con alguien con el que compartir un proyecto de vida tan importante como es un hijo.
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Lo cierto es que a nuestro alrededor se incrementa notablemente el numero de hombres y mujeres que van alcanzando una edad que podriamos denominar, tienen interes en forjarse una vida compartida con alguien amado y que les ame... pero por las circunstancias que sean no logran encontrarlo.
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Y candidatos (y candidatas) hay, vaya si los hay.
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El caso de Jennifer Aniston puede ser paradigmatico... es guapa, es rica, parece inteligente y simpatica, seguro que tambien es educada y no sorbe la sopa ni bebe el cafe con la cucharilla dentro (dedicado al KaunseLord Prandez), tiene pinta de al menos una vez al dia pasar por la ducha (le haga falta o no) y de tolerar retrasos de 5 minutos sin decirte despues que borres su numero de tu movil y no vuelvas a dirigirle la palabra (si, queridos lectores, eso es real, no me lo he imaginado, y lo que es peor, no me lo han contado).
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Entonces ¿porque alguien asi no puede encontrar una pareja estable con quien tener un hijo? ¿No hay hombres de una edad parecida a la suya, de cierto atractivo fisico, con una vida mas o menos acomodada, un nivel de formacion similar, unos intereses semejantes en la vida... incluso con el que puede haber ese "chispazo" de "quimica" que hace luego que toda la "fisica" resulte mas divertida?
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Miremos a nuestor alrededor, ¿cuantas "jennifers" conocemos? Y no me refiero a la del piercing en la comisura del labio, ojos pintados a lo Nefertiti, que masca chicle con la boca abierta, viste chandal y complementos de oro mientras habla por el movil con su novio que viene a recogerla en un Hyunday Coupe tuneao, como buen joven nacional, para irse a brincar a las catedrales del tecno.
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Y ¿Cuantos "anistons" conocemos? Llegados a estas alturas seguro que os ha venido a la cabeza mas de una/o y mas de dos... quiza mientras estas leyendo esto piensas "pues yo misma/o" y te ocnsueles diciendote que si la Jennifer Aniston no ha encontrado a su media naranja, la tuya seguro que esta ya mas que exprimida por ahi.
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Pues no, queridos lechones. Vuestro Tarzan, vuestra Jane, estan por ahi fuera buscandoos con practicamente la misma desolacion y abatimiento que vosotros, con la misma frustracion y el mismo desengaño... pero con la misma ilusion y las mismas ganas de enamorarse, compartir un trayecto sin angustiarse por el destino aunque expectantes por la direccion. Pero tienen el mismo miedo que tu, el miedo al fracaso.
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Y equivocarse no es malo, en absoluto.
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La primera vez que te lanzas a andar no la recuerdas, pero los primeros porrazos no te impidieron continuar hasta llevarte a donde estas ahora. Quiza si recuerdes cuando empezaste a montar en bicicleta. Esas caidas si te dolieron de manera consciente, pero aunque ahora lleves años sin subirte a una sabes que la niñez y la adolescencia sin bicicleta habrian sido aburridisimas.
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Te dieron calabazas en el colegio, en el instituto y quiza hasta en la Universidad... y mas alla. Por no hablar de los compañeros de trabajo y esas risas en el cuarto de las fotocopiadoras o aquella cena de empresa en Navidad. Y por algun lado llevas esos cardenales, pero cuando recuerdas las tonterias que hacias por aquella compañera de pupitre en EGB o como la de la clase de Ciencias en BUP pasaba de ti, con todo lo que te molaba... sufriste, mamon (siempre deteste a los Hombres G, pero mira, al menos han servido para esto) pero no te encerraste en el cascaron. Ahi sigues, luchando.
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El amigo de tu hermano mayor te molaba mogollon, y ademas tenia moto y todo, pero jugo contigo y luego te sentiste fatal, como si se hubieran aprovechado de ti. No se lo contaste a tus amigas, mientras apretabais la carpeta forrada gracias a la Super-Pop te inventaste la noche que os enrrollasteis en la zona oscura de la disco, porque contar la verdad te habria hecho sentirte humillada. Y en la Facultad estuvo aquel profesor, ese que tenia una media sonrisa como Bruce Willis que te ponia fatal, pero no querias llegar a mas en vuestros encuentros furtivos porque el estaba casado. Unos años mas tarde lo viste paseando un crio junto con una antigua compañera de clase. Suspiraste aliviada.
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Y seguis (seguimos) buscandoos (buscandonos) en la noche y el dia, asustados y temerosos, con ilusion y desencanto, pensando no en bajar el liston o dejarlo en casa, sino a veces en salir blandiendolo y darle algun golpe en la cabeza a alguien.
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A veces encuentras a alguien que te provoca un chispazo pequeño, breve, no te atreves a que llegue a mas por si vuelve a quedarse en una nada evaporada en el vacio. Pero bromeas "anda, calla, ¿pues no que le miro y me pongo a pensar en la distribucion de las mesas?" [(c) Tigreton]... y en el fondo no te lo quieres ni creer por si vuelve a fracasar.
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¿Y que si no sale bien? ¿Has pasado mucho tiempo de baja por ese mal de desamores? ¿Te trataron con cortisona o con nolotil en vena? ¿Sigues teniendo sesiones de rehabillitacion? El desamor duele (MUCHO) pero no mata.
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Es la vacuna, ese bichito atontolinao que te meten para que los chulopiscinas de los globulos blancos le puedan, le den lo suyo y lo de un ingles y cuando alguna vez entre de nuevo un pariente en plan primo de Zumosol le puedan parar los pies antes de que te cause un estropicio de los buenos y te deje en cama un finde (y tenias entradas para ver al Barça/concierto de Monica Naranjo, tachese lo que no proceda).
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Equivocate. Arriesgate. Date un capon mas, total, el chichon ya tiene callo y la cicatriz del pecho ya no se puede romper por mas sitios. Mas daño del que ya llevas no te va a hacer.
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Porque... ¿y si esta vez aciertas? Vale, igual esta no... pero ¿y si es la siguiente?
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Nunca nos tocan los Euromillones... pero seguimos echando. Juega. Te mereces el premio.

21.1.09

Memorias sentimentales de un gallo de escayola: Canon de madrugada en el piano del Zalaca


No he echado de menos el humo ni la penumbra con la que José Luís Alvite camufla las almas errabundas y heridas de vida en su Savoy.
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Era la hora bruja en que los clientes escasean, el único paseante de la calle es el frío y el tráfico lo construyen los camiones de la basura, los cuatro noctámbulos que quedarán en la calle a la mañana siguiente del Día del Juicio Final y el chino de las flores.
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Las camareras ya han apagado la máquina del café, la persiana está bajando, hay sillas y taburetes con las patas apuntando al techo y el último chupito se lo bebe el conductor del camión de la basura que hay aparcado en la puerta, como si fuera un chiste de Chiquito de la Calzada a punto de empezar.
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Media docena de almas cercanas apuran en sus vasos el envoltorio de los restos de hielo y yo pido la llave del piano. Subo los escalones mientras las conversaciones continúan abajo, mutuamente ajenos. Abro el piano y compruebo que no está desafinado. Me quito la chaqueta y me sitúo ante las teclas.
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Con timidez marco las 8 notas que configuran el armazón esencial del Canon de Pachelbel. Una sola nota con un dedo de cada mano. Con parsimonia, trazando pacientemente la senda que luego transitaré al galope de todos los dedos que sea capaz de involucrar.
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Recorro una primera vez la escala con notas individuales y tímidas. La segunda vuelta ya permite entrever esbozos de inminentes acordes. El ritmo sigue siendo pausado, no hay ninguna prisa. Las conversaciones siguen en un segundo plano y yo no le estoy exigiendo demasiado volumen a la combinación de madera, acero y marfil.
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Como en las sevillanas, vamos a por la tercera, y aquí sí, ya enseño los acordes al completo, tres notas marcadas intensamente con la mano derecha, en algunos momentos el meñique y el anular se permiten fugaces paseos por las teclas aledañas, mientras con la mano izquierda me permito no cargar demasiado la melodía usando una nota sencilla cada vez y permitiéndome una cierta agilidad en la elaboración del acompañamiento.
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La estructura se va haciendo más compleja y llego a emular con la derecha algunas de las notas que habitualmente desgrana un violín acelerado, ese que siempre me parece al escuchar la pieza que encerraba tanta emoción en su alma que necesitaba escapar del pentagrama que le constreñía para buscar aire por encima del resto de la melodía. 
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Poco a poco la interpretación va cobrando velocidad, en una interpretación evidentemente libre de la partitura de Pachebel, entre otras cosas porque no manejo un cuarteto de cuerda sino tan solo un piano, y además porque hace 48 horas que sin ayuda de partituras sino tan solo apoyado por la memoria me puse delante del piano y averigüé qué notas debía tocar para repetir esta composición. Y además, el piano habla su propio lenguaje.
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El ruido en la calle de los camiones de basura se había desvanecido, las conversaciones de la decena de habitantes del bar se habían extinguido. El Zalaca era ahora la sala de conciertos que yo llenaba con notas arrancadas al tesón y la memoria, notas que me hacen disfrutar al acariciar el viejo marfil del piano del bar, mientras no puedo evitar mirar a la mesa que hay en el piso superior del bar, justo encima de donde yo me encuentro en estos momentos con mi Canon a cuestas, y pensando en una noche de conversación con ella sentados en esa mesa, me pregunto que es lo que no funcionó, el porqué de esta distancia, la causa del silencio.
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Aquella noche en la despedida sus manos estaban ateridas por el frío de la calle, un frío como el de esta noche, un frío que sin embargo mis manos hoy han sabido combatir y por eso mis dedos ahora recorren ágiles el teclado del viejo piano del Zalaca. Porque dentro, en medio de las cenizas y las brasas, sé que aún hay fuego y que basta hallar el soplido adecuado de aire para encender de nuevo la llama.
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Así que ataco con fuerza lo que he decidido que va a ser el último movimiento de este Canon libre de Pachebel para piano viejo y corazón mareado en la montaña rusa. Con fuerza pero con un ritmo lento al final, tres notas quedan por tocar, las marco con delicadeza, aguanto la penúltima, un acorde en el que cada tecla se pulsa con cierto desacompasamiento para enriquecer el resultado final y preparar el contrapunto a la despedida, un acorde final suave, que dejo extinguir mientras la atmósfera de madrugada del Zalacaín vuelve a resonar en mis oídos, las conversaciones, el ruido de los vasos que salen del lavavajillas, el tintineo de los últimos cubitos de hielo... la noche sigue fría, pero solo por fuera.
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23.11.08

Lucia y el sueño de Memnon



Es una sala con mobiliario blanco y funcional, reina un ordenado caos y una dinámica actividad, incesante pero al mismo tiempo tranquila y eficiente.
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Recorre las paredes una estantería repleta de cómics, libros de referencia, películas, discos... reconozco muchos de ellos porque los tengo en casa. En este lugar se respira multireferencialidad cultural. Hay un buen numero de puestos de ordenador donde jóvenes diligentes y entusiasmados no dejan de introducir datos, completar información, contestar peticiones, transmitir conocimientos.
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Converso con algunos de ellos sobre la naturaleza de su trabajo, de un oficio para el que coincidimos en concluir que aun no se ha inventado un nombre de una sola palabra que lo describa. Les comento que ese lugar de trabajo me recuerda a mi propia casa, donde tengo una habitación llena de estanterías con mas de 30.000 cómics y en el dormitorio de invitados, la entrada y el salón mas estanterías están ocupadas con miles de libros, discos, películas... riendo me dicen que entonces me falta solo tener un puñado de ordenadores para hacerles la competencia, pero siguiendo la broma les contesto que ahí casi que también estamos en igualdad de condiciones, ya que en el salón tengo un antiguo escritorio con un portátil, en el cuarto de invitados tengo otro escritorio con un par mas de portátiles, mas el que tengo en el dormitorio...
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Una joven morena ha estado escuchándonos sentada desde un puesto cercano, y me tiende su tarjeta. Junto al nombre de la empresa aparece el misterioso termino "MEMNONISTICA". Ella se presenta, es la directora. Se llama Lucia. Me señala con un breve gesto de la cabeza un puesto libre, junto a ella. Nos miramos. ¿Que me quiere decir? Vuelve a torcer la cabeza en dirección al puesto vacante. Me sonríe mientras me mira, divertida pero también satisfecha, como si hubiera encontrado algo que llevaba tiempo buscando.
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Pues bien, eso ha sido lo que he soñado esta noche, así, tal cual.
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Nada mas levantarme he conectado el ordenador (el del salón) a Internet y solo he encontrado una pagina en toda la Red (una, solo una) que contenga la palabra MEMNONISTICA, correspondiente con un misterioso PDF en alemán sobre el estudio de los coros en los dramas neolatinos (¿?).
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De Memnon hasta ahora solo sabia lo que cuenta la mitología clásica griega y los vestigios que pude visitar en Egipto de los Colosos de Memnon, por cuyas fisuras antaño se colaban las corrientes de aire en el amanecer dando la impresión de que gemían. Hoy he descubierto también que Voltaire escribió un relato titulado "Memnon o la cordura humana" sobre el incierto resultado en la búsqueda de la cordura total por parte de un antiguo habitante de Ninive.
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Pero cuando se me han puesto los pelos de punta ha sido al descubrir la pagina web de la empresa Memnon, con sedes en Inglaterra, Francia, Alemania y Holanda, y dedicada a la restauración, digitalización, preservación y acceso a fuentes documentales sonoras (y de otra naturaleza mediante colaboradores externos) de todas las épocas. Se definen como especialistas en la organización de la preservación digital y la accesibilidad de archivos audiovisuales y culturales.
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Ahora la duda es... ¿llamo el lunes y pregunto por Lucia?

16.10.08

Promesas del Sureste



Me cuesta un poco aparcar la GoldWing en el hueco que he encontrado.
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Los callejones del entorno de San Andrés dejan poco lugar para encontrar sitio donde aparcar. Con una moto puedes tenerlo más sencillo, pero la GoldWing es una moto que pesa casi 400 kilos y ocupa como medio coche, ási que en ocasiones la maniobra es delicada y se agradece que esta motocicleta incluya una marcha atrás.
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No he advertido que tengo dos espectadores que aguardan hasta que estoy abriendo el "maletero" para entablar conversación mientras deposito el casco, los guantes, la chaqueta y demás impedimenta en el interior del cofre.
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Uno de ellos viste pantalón claro y camiseta roja, una prenda que se ciñe a su torso musculado. Su pelo es moreno y rizado. El otro lleva camisa negra con delgadas rayitas gris claro, pantalón oscuro y el cabello rubio peinado hacia atrás. Camina hacia mi con un aire desenvuelto, lleno de confianza, como si fuese el amo del cortijo.
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El rubio (¿Viktor?) me saluda y alaba la motocicleta. Quiere saber cuanto corre, cuanto pesa, cuanto gasta... por si acaso le digo que corre poco, pesa mucho y gasta muchísimo. Tiene un marcado acento ruso, y traduce cada uno de mis comentarios a su compañero (¿Dmitri?), que asiente gravemente mientras recorre con la mirada la moto.
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¿Viktor? sonríe como el gato que se comió al canario, mantiene conmigo una familiaridad que sería inquietante en otras circunstancias o en otro lugar. Bueno, igual este es el momento y el lugar pero por las razones que sean no siento esa inquietud. Me tiende la mano y me ofrece unos cuantos cacahuetes que acepto con agradecimiento y que empiezo a pelar y comer.
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Continuamos hablando de la comodidad de la moto, de su comportamiento en los viajes y su su agilidad en ciudad. Cada comentario que hago es traducido inmediatamente para que ¿Dmitri? sepa de qué estamos hablando... claro, que igual ¿Viktor? no está traduciendo y ellos llevan su propia conversación. Pregunta por la seguridad del vehículo, él mismo indica que la llave tiene protección antirrobo mediante código y yo, que soy educado, decido no llevarle la contraria de manera que confirmo que POR SUPUESTO que es así, y que ADEMÁS cuenta con un sofisticado sistema de alarma que controlo mediante un mando a distancia que llevo en el bolsillo y que me indica si alguien toca la moto, la mueve, trata de arrancarla (Carlos)...
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Nos despedimos. ¿Viktor? saca de su bolsillo un caramelo de fresa y me lo ofrece. Le digo que no, gracias. Me mira con sus ojos burlones mientras esboza una sonrisa de medio lado.
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-Anda... cógelo...
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Alargo la mano, lo cojo, y hago una leve reverencia con la cabeza como muestra de agradecimiento mientras le digo "spaceba". Él me responde que gracias a mí por la amabilidad al hablar de mi moto. "Nyet cto" (de nada), le respondo mientras observo como ¿Viktor? y ¿Dmitri? se alejan por la estrecha acera de un callejón de San Andrés  y espero secretamente no haberme hecho acreedor de recibir un gesto como el que Viggo Mortensen hacía en una película de Cronenmberg al haber dudado sobre el ofrecimiento del caramelo de fresa.

3.6.08

500 entradas y de regalo una primicia: Memorias sentimentales de un gallo de escayola



Malo es que un tonto se proponga algo, pero cuando no te lo propones también consigues cosas.
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Y así es como he llegado yo a esta entrada número 500 de mi blog personal... porque ya hay que precisar, no en vano atesoro más de una docena de blogs aunque en realidad varios de ellos estan totalmente inactivos y un día de estos los eliminaré sin piedad.
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Como autoregalo en esta especie de aniversario os ofrezco mi (hasta el momento) última creación bloguera, "MEMORIAS SENTIMENTALES DE UN GALLO DE ESCAYOLA", donde encontraréis esos relatos que os ofrezco de tanto en cuanto y que danzan animosamente en el precario equilibrio que separa la realidad de la ficción, la creación y la recreación. Como no será un blog que se actualice con demasiada frecuencia no temáis que en este mi blog personal continuarán apareciendo puntualmente dichos escritos.
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Hay quien me pregunta por la razón de esta pluralidad bloguera, que si con las etiquetas debajo de cada entrada no tengo bastante... supongo que me gusta la idea de tener blogs tematizados, independientes entre sí; mi blog personal es un cajón de sastre donde cabe de todo pero me gusta la idea de independizar y segmentar cine, comics, tecnología... y además la verdad es que me lo paso muy bien diseñando los blogs y sus "banners" aunque sea en un plan demasiado sencillo y pedestre.
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En fin, pues eso, que ya llevamos en este blog 500 entradas, que prometo no hacer más "aniversarios" hasta que sea el cumple del blog o llegue a las 1.000 entradas ("hablemos del milenarismo, ¡COJONES YA!") y aquí os dejo con la presentación en sociedad del Gallo de Escayola, no sin antes agradecer con todo mi cariño a Javi su inspiración para el título y el concepto y por querer programarme mi agenda de creación literaria, a Sushi de Anguila por la fidelidad, el ánimo constante y la inestimable complicidad bloguística y "last but not least" a Maghenta por terminar de darme el empujón sobre el abismo insondable de la literatura activa. Os arrepentiréis de esto, torpedos, porque pienso preguntaros de sopetón detalles de mis libros futuros para ver si de verdad os los habéis leído, bandarras.
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Y ahora, sin más preámbulos, dejemos cacarear al Gallo de Escayola:
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"Casi sin hacer ruído, sin molestar a nadie con sus cacareos, así es como se presenta en sociedad, así es como llegan las Memorias Sentimentales del Gallo de Escayola.
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Momentos raptados al tiempo y a la memoria, a los deseos y a los sueños, obligados a perpetuarse en ceros y unos para no olvidar noches de anhelos, rostros indelebles, ojos que se ven en el interior de los párpados al cerrarlos. Intenciones que quedan en nada, frustraciones y afanes que en alguna realidad paralela sí encontraron éxito y cumplida realización.
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Y es que el Gallo de Escayola enamora, pero no cubre".

26.5.08

Red Cammy, any given 1944 night




Su pelo era del color del fuego intenso.
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Nuestros ojos se habian cruzado varias veces en medio de la muchedumbre, al final de la ceremonia. Tenia un rostro de una belleza serena y discreta que solo se encuentra en las peliculas de los años 40, pero al mismo tiempo algo en su forma de mirar de soslayo, con una sombra burlona en el borde de los ojos, me recordaba a la actriz Mimi Rogers.
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El juego de miradas continuo en el banquete. Era un buffet con la gente deambulando libremente entre mesas con platos y bandejas, asi que hubo ocasion de volver a buscarla entre los asistentes. No era complicado, su pelo era la llama del faro en medio de la tormenta. En algun momento me aproxime a ella y pude confirmar auditivamente mi impresion inicial de su procedencia anglosajona.
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La cena transcurrio entre largos periodos de ignorancia y puntuales busquedas de sus ojos. La distancia no me los hacia indistinguibles, curiosamente estabamos en extremos opuestos de la sala pero una vez localizada sin mayor problema su melena no costaba mucho que al cabo de un rato mis ojos estuviesen de nuevo tan clavados en su retina como un alfiler tratando de capturar eternamente la belleza efimera de una fragil mariposa. Se me ocurrian pensamientos como este de cursis porque como ya he dicho su belleza me transportaba a cualquier noche de hace 60 años.
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Los contrayentes comenzaron a bailar el inevitable vals cuando yo consegui habilmente deslizarme hasta su desprevenida retaguardia. Sus amigas salieron a la pista acompañadas de sus respectivas parejas y ella se quedo sola, sosteniendo muy convenientemente un plato y una tacita de te. Eche en falta que en ese momento mi vision no perdiera la capacidad de ver en color. Si todo se hubiera tornado blanco y negro y en lugar de un joven con un portatil y una mesa de mezclas hubiesemos contado con una orquesta con seccion de viento y cuerda la ambientacion habria sido perfecta.
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Cogi el plato y la taza de te de sus manos y las deposite en la mesa de al lado. En un correcto ingles la invite a bailar pero ella, terriblemente azorada, se nego. Miro a la pista, me miro de nuevo con sus ojos verdeazulados y me dijo que despues. No se como empezo una banal conversacion en la que intercambiamos nuestros nombres, aclaramos si veniamos por parte del novio o de la novia y sali de dudas sobre su procedencia. Ante su sonrisa supe que era londinesa y que yo no era el primero que pensaba que su origen era irlandes. Tras el vals la musica que sono era imposible de bailar con cierta dignidad si no se tenia un determinado nivel de alcohol en sangre, y como no era el caso dejamos la cosa en ese punto y nos separamos.
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Las conversaciones en lugares opuestos del salon de celebraciones continuaron y nuestras miradas continuaban cruzandose.
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Mucho despues sali al jardin a llamar por el movil a un amigo que celebraba su cumpleaños esa misma noche y a cuya fiesta no podia asistir por obvios motivos de compromiso familiar. El jardin que rodeaba el lugar tenia un leve toque a parque romantico decimononico, con un cuidadisimo cesped, parterres recortados, macizos de flores que dejaban sentir su aroma en el fresco de la noche, pequeños muros de piedra, fuentes y albercas con velas flotando en sus tranquilas aguas, algun banco de madera... y alli estaba ella, sentada en uno de esos bancos, sola.
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Por un momento me vi desde fuera, rodado en 35 m.m., pelicula en blanco y negro, con una banda sonora de seccion de cuerda que sonaba de fondo algo atenuada desde el interior de la fiesta, vestido con smoking, pañuelo en el bolsillo del pecho, con fino bigote en lugar de perilla, pelo engominado hacia atras en lugar de rizado anarquicamente y en mi mano no un movil sino un cigarrillo. Ella no necesitaba cambio alguno, de hecho su vestido si no en forma al menos en color y estampado podria haber sido aceptable en un acto social elegante y sofisticado de la Inglaterra de mediados de siglo XX.
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Me acerque hasta ella y desde una prudente distancia le pregunte si todo iba bien. Todo iba bien y fue a mejor desde ese momento, porque comenzamos a hablar y a contarnos cosas, a comunicarnos algo mas aparte de las superficialidades que antes habiamos compartido. Curiosamente alternamos su ingles materno con el italiano que yo chapurreo pero entiendo casi a la perfeccion. Coincidencias de la vida, ella habia pasado su año como Erasmus en Padova, la ciudad de mi santo, San Antonio de Padua, que en realidad se llamaba Fernando y era de Lisboa, pero eso es otra historia. Santo Varon.
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La noche avanzo, ella tenia frio y yo la acompañe al interior a por su abrigo, volvimos a salir y continuamos mezclando tres idiomas con total naturalidad, ella siguio regalandome unas miradas que hace decadas que no recoge una camara de cine y yo continue fascinado y casi a punto de mentirle y decirle que la noche siguiente partia a combatir en mi Spitfire de la Royal Air Force contra los malvados bombarderos de la Luftwaffe. Inglaterra no se rendira jamas mientras en el pecho de nosotros, sus valientes oficiales, llevemos la fuerza que nos da el sabernos amados por mujeres bellas, de mirada intensa y un punto burlona y cabellos rojos como la pasion que compartimos. Por mujeres como Cammy, a quien tenia ante mi como se hubiese escapado de la bobina numero dos de una pelicula belica.
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Antes de que el alba comenzase a despuntar y el sol me despertara del sueño nos despedimos. Le dije con un acento ingles forzadamente britanico que habia estado encantado de conocerla y que le agradecia los momentos que habiamos compartido esa noche. Ella sonrio y nos dimos un beso. Lo que no sabra nunca es que con ella habia viajado durante esas horas en el tiempo y que en el futuro, cuando recuerde esta noche, mi mente no volvera a este año y esta ciudad sino a una noche indeterminada de la Inglaterra de 1944.

6.5.08

La sonrisa de sus ojos llorosos


Desde el primer día que nuestros ojos se cruzaron supimos ambos que terminaríamos siendo una persona especial el uno para el otro.
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Pero también desde la primera vez que la abracé supe que no pasaríamos de ser unos grandísimos amigos, aunque yo la amaré siempre. Compartíamos trabajo y esa convivencia, lejos de minar nuestra amistad la fortaleció, nos hizo cómplices, compañeros de alguna que otra juerga, "partners in crime", confidentes, paño de lágrimas y hombro de infinito consuelo.
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Años más tarde me confesó que sin mí a su lado nuestros inicios en aquel periódico la hubieran arrojado en los brazos de la depresión, pero que ni en mis momentos más amargos en lo personal ni en lo profesional me faltó jamás una sonrisa para ella, a las 8 de la mañana, mientras ella entraba en el cercanías de menos 5 que nos llevaba a trabajar en la confección del papel de envolver los pescados del día siguiente.
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Fueron años duros, exigentes, y fuímos todo lo que pueden ser un hombre y una mujer mutuamente sin llegar a sentir la piel desnuda del otro en la propia. Nos llegamos a conocer demasiado bien, por eso ambos sabíamos que no podíamos ser más que lo que ya eramos.
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Sólo hubo una noche, mucho después, cuando ya nos consolábamos de matrimonios rotos y no de parejas inaguantables y pasajeras, una noche en un bar en el que luego añoraría girasoles con destinos prefijados, en que miré a sus ojos azules intensos como el mar del norte de donde procedía, y tuve que detenerme para no besarla. Nuestras risas se mezclaban con la música y el alma se me salía por los poros, y la certeza de su presencia no lograba aquietar mi ánsia por su lejanía en todo lo demás. Esa madrugada, cada uno ya en su casa, sólos a conciencia, nos enviamos unos cuantos mensajes al móvil, como adolescentes, con palabras que traslucían algo más que el agradecimiento por una noche que pudo haber sido nuestra.
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Un día, mientras volvíamos a nuestro despacho (porque además compartíamos despacho desde que salimos de la redacción masificada) los hijos de un compañero correteando por el pasillo de dirección nos obligaron a aproximarnos, y mi instinto me llevó a unir mi cadera a la suya mientras para mantener la verticalidad posaba mi mano sobre su cadera, firme y elástica bajo unos vaqueros que parecían haber sido fabricados exclusivamente para su cuerpo. Casi parecíamos una pareja, con los chiquillos corriendo a nuestro alrededor. Me sonrió como solía hacerlo sólo a veces, bajando la barbilla, con la boca seria y casi tímida pero con una sonrisilla burlona asomándose a sus ojos. Me habló con esa voz suya delicada y musical y que a pesar de los años no había perdido del todo su ligero deje extranjero, lo que me la hacía más irresistible si cabía.
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"Sabes que nunca funcionaría".
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Entramos en el despacho, donde de los altavoces de su ordenador salía la melodía del más delicioso cuarteto de cuerda jamás escrito, la "Música nocturna para las calles de Madrid" de Boccherini. Nos sentamos cada uno frente a su pantalla y comenzamos a preparar lo que nos acababa de pedir nuestro jefe de área. Tras unos momentos, rompí el silencio.
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"Lo sé... desde el primer momento lo supe".
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Esta mañana era otra información la que nos debía mantener ocupados fuera de la redacción, pero el destino tiene sus propios planes para nosotros, pobres mortales, y terminamos asistiendo al parto de una jóven suramericana en mitad de la calle. Le decíamos al unísono que empujara, el bebé casi salía sólo pero necesitaba un poco de ayuda extra. La cabeza estaba prácticamente fuera y solo un empujón final bastaba para concluir el trance. Contemplar desde tan corta distancia la llegada a este mundo de un ser humano era algo para lo que quizá no estábamos preparados ninguno de los dos. O ninguno de los cuatro. Mientras el Policía Municipal que finalmente se personó en el lugar de los hechos buscaba por sus bolsillos algo para cortar el cordón umbilical y hacer un torniquete (finalmente me entendió cuando le señalé la pinza de su corbata), dejé a la niña (era niña) sobre el vientre de la madre, que sudorosa y llorosa miraba a su hija como nadie la miraría jamás.
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Yo tenía las manos manchadas de sangre y llenas de vida nueva. Ella, mi compañera de tantos años, mi imposible amor secreto a voces, me las cogió, me las apretaba, le temblaban sus manos y buscaba en las mías un asidero firme que yo también precisaba. Lloraba y en sus ojos vi una alegría que no conocía. Tantos años desentrañando sus más mínimos gestos y siempre me guardaba una sopresa como esta. Me besó y en sus labios había sentimientos guardados durante más de diez años. Todos esos años pensé que ya había agotado mis lágrimas por ella pero aún me quedaban unas cuantas que aproveché para dejar salir por considerar apropiada la circunstancia y oportuno el momento.
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Anoche soñé que hoy soñaría con ese beso, y que no sería un sueño, sino un recuerdo.

17.4.08

La noche de los cristales rotos


Estábamos tan tranquilos despidiéndonos cuando ha empezado una lluvia de botellas de colonia (Hermes y Antonio Banderas) sobre un inocente y desprevenido automóvil no especialmente bien estacionado.
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Cristales rotos, leve olor a colonia de hombre, luna delantera a la virulé, el posible orígen del proyectil reflejado contra el resultado de la acción amparada en la nocturnidad, balconería y discreción. El KaunseLord y la Primera Dama apuntan en una dirección. Yo, provisto de mi barba a lo Grissom y mi capacidad de observación a lo Horatio me inclino... me inclino sobre el parabrisas agredido y apunto en dirección transversal, en dirección opuesta al leve polvillo que sólo en un lado del golpe ha quedado, producto del estallido del ex-frasco de perfume. No sé si será necesaria una rueda de reconocimiento de los balcones sospechosos.
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Se persona la autoridad municipal de órden público. Un viandante se nos acerca mientras explicamos la situación y le pide prestado a los munícipes 12 millones de euros "pero sólo hasta el martes". Nos miramos. No hacemos estado de cuentas, como hacía la mítica Janine con Constantino Romero, pero creo que ni entre todos podríamos reunir esa cantidad. Otro día tal vez.
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Señalamos al edificio sospechoso de albergar el refugio de frascos de colonia suicidas. Hay opciones para todos los gustos. El balcón del primero tiene las persianas completamente bajadas. En el segundo las persianas están a medio bajar. En el tercero están completamente subidas. Inmediatamente después de caer el frasco de colonia que ha impactado contra el parabrisas del coche no hemos escuchado ningún ruído de persianas, así que concluímos que el responsable de la perfumada caída libre habita en el segundo o en el tercer piso del edificio bajo el que está aparcado el coche.
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Mientras, en un balcón en lo alto de otro edificio, un jóven se refugia tras el ascua de su cigarro.

10.4.08

"No merece la pena"



Fue toda una casualidad terminar entrando en ese último bar. Aunque a la larga no terminó siendo el último.
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La excusa era tomarnos la última y deleitarnos con las neumáticas camareras, pero pronto todo se borró a mi alrededor. Había un grupo, media docena de chicas acompañadas de un chico. No podía dejar de fijarme en una de ellas. Vaqueros, zapatos negros, jersey negro, morena, gafas de pasta finas también oscuras. Sobre el pecho derecho tenía un pequeño girasol de tela. Cualquiera vería una chica normal. Puede que sólo yo percibiera su excepcionalidad. No sé porqué, pero lo sentía.
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La veía sonreír y una parte de mi cerebro retenía esa imagen mientras en un rincón la conversación con mi amigo seguía en modo automático. Mi mirada y la de ella se cruzaron un par de veces. Veía algo especial en ese rostro, no sé el qué, pero no podía apartar mis ojos de ella, no podía dejar de contemplar sus expresiones.
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Quiso, de nuevo, la casualidad que entabláramos conversación con dos chicas que acababan de llegar al bar. Yo procuraba situarme de manera que mientras manteníamos una serie de diálogos de tanteo pudiera seguir mirando a la chica del parche del girasol. Ocasionalmente seguían cruzándose nuestras ojos. La conversación con las otras dos chicas, mantenida por menos de la mitad de mi cerebro y por mi amigo en estado de gracia, progresaba y dejando atrás el embrión de toma de contacto y superado el estadio de mutua aproximación se adentraba sin solución de continuidad en la preparación de una noche conjunta de dobles parejas mixtas recién conexas.
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Ella seguía teniéndome magnetizado.
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Sus amigas comenzaron a recoger bolsos, chaquetas... abandonaban el local. No, no podía ser. ¿Qué hago? ¿Abordarla a la desesperada? ¿Cómo? Voy a hacer el ridículo más espantoso. Pero no podía quedarme ese sentimiento dentro.
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Probablemente sería de nuevo la casualidad la que ordenó la salida de su grupo de amigas (y amigo) de forma tal que ella, la chica de sonrisa alegre y mirada tierna, se quedó rezagada.
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-Perdona, espero que esto no te suene demasiado raro - fuí capaz de articular al abordarla. Ella me miró sin la expresión negativa que yo creía que iba a recibir - pero desde que entré en este bar no he podido dejar de mirarte. Sé que te sonará un poco como una locura, pero me gustaría conocerte. No me podría ir tranquilo esta noche a casa si no te lo hubiera dicho.
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-Ahora no va a poder ser... nos estamos marchando ya.
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-Ya... yo había pensado en vernos otro día.
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-Bueno - comenzó con una voz suave - lo que me suena es muy sincero, y me halaga mucho... pero - y sonrió con cierta tristeza mientras recogía su chaqueta blanca - no merece la pena.
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-No me digas eso.
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-No, en serio, no merece la pena.
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-Bueno, no serás tan mala...
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-No... es que estoy a punto de casarme.
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Giré sobre mis talones y di un golpe con las dos manos sobre la barra del bar, que estaba justo detrás de mi, en un gesto tan espontáneo como cómico.
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-En ese caso - acerté a articular - enhorabuena... a tu futuro marido.
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Esta sonrisa fue sólo para mí.
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-Gracias.
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-Sólo una cosa... ¿cómo te llamas?
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-Ana.
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-Ana... encantado - la así por los brazos y le dí los dos besos de rigor - Yo soy Antonio. Te deseo mucha felicidad.
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-Gracias... mucha suerte.
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Y se marchó con una sonrisa en los labios. La mía era de sabor agridulce.
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La noche continuó. Mi amigo se marchó y me dejó con las dos chicas. Terminamos en un local cuya descripción se resume en la palabra antro. Puerta con mirilla, ambiente cargado, gente que entiende y gente incomprensible, relajación de costumbres, conversaciones reveladoras, sentimientos desnudados, atracciones confesas, encuentros y desencuentros, copas derramadas, rescate de no tan damiselas en no tanto apuro en cuarto no demasiado oscuro, aseos multirraciales con concurso de snowboarding nasal... dejé a una de ellas en su casa cuando los pájaros cantaban el alba, con el tiempo justo de pasar por mi casa, ducharme y cambiarme de ropa para ir al trabajo.
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Comienza un día que nunca acabó y la misma idea sigue susurrándome su mensaje. Mereció la pena, Ana, mereció la pena decirte lo que pasaba dentro de mí. Que seas muy feliz.

20.2.08

No cabe


¿Cómo ha llegado tan rápido?
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Es lo primero que he pensado cuando he visto el nuevo Fiat 500 rojo delante mío. Lo había dejado atrás hacía casi 10 minutos, tras pararme a su lado en la entrada de una rotonda. Dentro iba una guapa chica jóven, morena, con gafas de sol. Yo voy en moto, soy inmune a casi todos los males del tráfico, asi que era imposible que habiendo venido por el camino más corto y adelantando a todos los coches cuando se detienen en el semáforo correspondiente ahora ese cochecito rojo, tan mono, tan cuco, tan pequeñín... estuviera ahora delante mío en otro semáforo.
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Claro, es que era otro. El mismo modelo pero con otra guapa chica jóven dentro. Esta vez rubia. Sin gafas de sol. Quizá más tierna, la morena de antes parecía más agresiva.
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Inicia la marcha y voy detrás de ella, el callejón es estrecho y no me permite ponerme en paralelo para continuar mirándola con atención. De repente se detiene. Inicia la maniobra de aparcar en un espacio inexistente. Es la entrada de un garaje que ya se encuentra ocupada por un coche mal aparcado. Queda el espacio justo para ese Fiat 500 rojo si no fuera por la existencia de un pivote metálico negro de un palmo de grueso y dos de alto.
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Por la acera, empujando un carretillo y vestido con un mono azul va un hombre moreno, de pelo rizado y bigote poblado, supongo que trabaja en la obra cercana, a mí me recuerda al gitano custodio de "Indiana Jones y la última cruzada" que le decía al héroe "Yo estoy preparado para morir, doctor Jones... ¿y usted?". Mira la maniobra incipiente con la misma extrañeza que yo. Intercambiamos una mirada tan cómplice como asombrada.
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La guapa rubia sigue la maniobra. No ve el pivote, se lo tapa el propio coche.
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-No vas a poder, tienes detrás un pivote como este - le digo mientras señalo un pivote parecido que hay en la acera contraria, donde sí puede verlo.
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Me ofrece una mirada desvalida, un gesto casi de súplica, con su rostro de dulce sueño romántico de cualquier hombre que se vista por los pies.
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-Entonces no me cabe, ¿verdad?
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Niego con la cabeza, creo que mostrando una cierta decepción. Ella entiende y se marcha. Entiende que yo le decía que no, que no cabía. No entiende que le decía al mismo tiempo que también me daba pena que en mi vida no cabe hoy un sueño como el que ella representa.