2.5.09

El dos de mayo de hace veinte años


El sol de primavera estaba ya retirándose, eran ya las ocho y media y los ladrillos de los edificios eran dorados en un lado de la plaza, el que miraba a poniente, mientras la sombra refrescaba las fachadas contrarias oscureciendo los muros.

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Llevaban unas semanas sin verse y el día anterior él se había empeñado en quedar en una más de sus insistentes llamadas telefónicas. Ella accedió finalmente a que se vieran, pero solo un rato, y acudió con un vestido corto, veraniego y con cierto escote. Él escogió para la ocasión un polo blanco y un traje que había sido de su abuelo pero que décadas después seguía estando a la moda. Era de un género muy fino color avellana y con un corte algo “mod”, un estilo que no era para nada el suyo, de hecho no tenía un estilo definido de vestir y se limitaba a usar lo que le gustaba como quedaba, aunque fuera una camiseta de los Ramones o una corbata.

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Este era un día especial, al menos él quería que lo fuera, y por eso decidió vestirse así. Ella sonrió divertida al verle con un aspecto tan inusual y reconoció que le quedaba bien. Él le dijo que iba tan guapa como siempre.

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Buscaron un banco de madera en la plaza donde sentarse. Él señaló uno justo en el límite de la sombra, porque la tarde había sido calurosa y a pesar de que el polo era de manga corta y el tejido del traje muy veraniego lo cierto es que tenía calor. Estuvieron un buen rato conversando de las intrascendencias que llenaban las palabras de la recién estrenada mayoría de edad a finales de los años ochenta, cuando no había ni teléfonos móviles ni Internet y las relaciones sexuales adolescentes fuera del matrimonio no eran pecado, sino milagro.

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Se habían conocido unos meses atrás, en el viaje de estudios del instituto por Italia. Él le echó el ojo encima y trató por todos los medios de ganarse algo más que su confianza o su amistad, pero ella no se lo puso nada fácil. Ni difícil, en realidad, simplemente no colaboraba.

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Pasaron un día juntos y solos en Venecia. Las amigas de ella se habían percatado hábilmente de los intentos de él y aprovecharon el momento en que los vieron hablando tras hacerse una foto frente la Torre del Reloj de la Plaza de San Marcos para escabullirse y dejarlos con la única compañía de ellos dos, el uno frente al otro.

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En realidad ambos tuvieron mucha suerte con esa maniobra. Él porque le permitió pasar unas cuantas horas a solas con la chica que tanto le gustaba, ella porque gracias a que su acompañante accidental había pasado una semana en la ciudad de los canales unos años antes pudo conocer rincones y vericuetos alejados de las habituales visitas de un día, lugares singulares, callejones, puentes y plazoletas recónditas y solitarias.

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El resto del viaje de estudios transcurrió por un Italia a través de la que él se empeñaba en conseguir traspasar una barrera que ella no dejaba de mantener infranqueable. Al menos no se lo tomó como algo personal porque tanto ella como el resto de las chicas que iban en el viaje de estudios eran totalmente inmunes a las acometidas de los envalentonados muchachos, tanto los visitantes como los locales, porque los “pulpos” italianos lo intentaban con artillería pesada pero ellas se cerraban en banda. De hecho en Montecatini, pequeño pueblo de la Toscana, las chicas tuvieron que pedirle los chicos que las ayudaran ante el infatigable acoso de los italianos, que llegó realmente a generar situaciones algo más que incómodas.

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Ya de vuelta a casa él insistía en quedar y mantener el contacto y se conformaba con no poder llegar a más que a una amistad en la que cada vez veía menos posibilidades de evolución conforme a sus interese. Pero en este día él quería marcar una diferencia.

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Con su mejor amigo tenía una broma particular, una frase que indicaba que se iba a organizar un buen follón: “aquí vamos a tener un dos de mayo”. Y hoy era dos de mayo.

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La cita iba llegando a su fin y de momento todo seguía como de costumbre, conversación y poco más. Se levantaron del banco, caminaron uno al lado del otro hasta detenerse delante de un muro donde él se volvió y casi sin pensárselo le salió un recurso de última hora.

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-Bueno, ¿me das un beso?

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-Anda, ¿y eso porqué?

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-Pues por salvarte de los italianos en Montecatini.

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Ella sonrió unos segundos mirándole a los ojos. Se aproximó, él también lo hizo, sus labios acercándose poco a poco hasta que se encontraron en uno de esos besos que nunca olvidas porque solo ocurren una vez. Solo hay un primer beso entre dos personas.

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Pasaban los segundos y el beso continuaba, sus cuerpos estaban próximos pero aún mantenían cierta distancia preventiva, la falta de costumbre... sus dientes se entrechocaron en medio de las evoluciones propias del momento, sin separarse, las comisuras de los labios de ella esbozaron una breve risa pero continuó besando.

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Cuando se separaron ambos se miraban con una mezcla de incredulidad y satisfacción.

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-Besas muy bien -le agasajó ella.

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-Gracias, tú también -correspondió sinceramente él.

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Siete meses después empezaron a salir. El día que cumplían trece años como novios se casaron. Luego dejaron de estar enamorados, dejaron de estar casados y dejaron de besarse. Sus vidas continuaron y hubo otros amores y otros desamores. También otros besos, claro, muchos. Pero ¿porqué será que algunos besos jamás se olvidan?

8 comentarios:

Anónimo dijo...

Lo tengo dicho aquí. No es lo que se cuenta; es cómo se cuenta. Chapeau!

Wunderk dijo...

Un aniversario parecido al mío con la diferencia de dos días. Las casualidades de la vida. 20 largos años que parece que han pasado en un suspiro.

Tigretón dijo...

Pues sí, efectivamente Wunderk, veinte años no es nada, que cantaba Gardel en "Volver". Yo me acuerdo como si fuera hoy de aquél viaje a Italia... (San José en Domingo de Ramos en Pisa, y protegiendo a las chicas de clase de los italianos en Venecia, y también de la ira de algún vendedor callejero) Y me acuerdo que tú Wunderk y tu esposo estaban ya en "tratos preliminares" que se diría en el ámbito jurídico.

Y seguro que Anónimo es el/la que dijo aquéllo de que deberías pensarte lo de escribir. Yo creo que tiene razón, tocayo

Tigretón dijo...

Pues sí, efectivamente Wunderk, veinte años no es nada, que cantaba Gardel en "Volver". Yo me acuerdo como si fuera hoy de aquél viaje a Italia... (San José en Domingo de Ramos en Pisa, y protegiendo a las chicas de clase de los italianos en Venecia, y también de la ira de algún vendedor callejero) Y me acuerdo que tú Wunderk y tu esposo estaban ya en "tratos preliminares" que se diría en el ámbito jurídico.

Y seguro que Anónimo es el/la que dijo aquéllo de que deberías pensarte lo de escribir. Yo creo que tiene razón, tocayo

Athena dijo...

¿Qué tendrán los viajes? El mío fue uno cortito a Madrid. El tira y afloja estaba presente... pero tuvo que llegar el día del Gordo de Navidad para formalizar la cosa. Realmente sólo pasaron unos días entre el viaje y el 22 de diciembre. Y menos mal, porque si hubiera tenido que esperar a la vuelta de vacaciones...

Antonio Rentero dijo...

Gracias, querido Anónimo (o querida...).

Wunderk, tb es casualidad con lo largo que es el año!!! Y sí, para algunas cosas parece increíble lo rápido que pasa el tiempo.

Tigre, ¿sabías que precisamente en Montecatini en ese viaje de estudios, y por necesidades de espacio, tuvimos que compartir cama de matrimonio Jose Angel y yo? ;-)

Se ve que venía uno más, pq en Cannes a Heriberto le tocó dormir en la bañera :-D

Y escribir ya escribo, chicos... incluso publico (¿no es el blog una forma de publicar?). Ahora falta que alguien me edite...

Anónimo dijo...

Qué bonito escribes Rentero!
I.

Antonio Rentero dijo...

Tú que me lees con buenos ojos ;-)