
Durante los últimos meses no he sido muy de ponerme camisas.
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Y eso que tengo en mi dormitorio dos armarios, y entre las de invierno y las de verano (estas poquitas, prefiero los polos... sí, los de helado también) superan las 50. Pero, sinceramente, plancharlas es un absoluto fastidio.
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De todas las tareas domésticas las dos que más pereza me dan son limpiar los baños y la cocina y planchar las camisas. Lo primero lo soluciono en parte siendo extremadamente cuidadoso al usar los baños. Por aquello de que no es más limpio quien más limpia sino quien menos ensucia. Persigo casi cada gota de agua que sale del lavabo o la ducha y procuro que al afeitarme o repasarme la perilla los pelos caigan en el lavabo y no se vayan por ahí de exploración.
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La cocina, sencillamente y con la vida que llevamos algunos hoy día, la uso prácticamente de sala de paso hacia el lavadero, donde pongo lavadoras y secadoras (esto me encanta) y le echo de comer a los gatos. Tengo un frigorífero (me encanta esta palabra italiana) con abundante provisión de vino fresco (algún día escribiré sobre esto), Estrella de Levante y Alhambra 1925 (esta para los amigos, yo no bebo) y Bayleys y Bacardi Breezer (para las amigas). El congelador está repleto de comida que ocasionalmente sale de su hibernación si me pilla en casa la hora de comer, que suele ser de pascuas a ramos.
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Pero, ¡amigo! con la plancha y las camisas hay pocos trucos que valgan. Con las camisetas hace tiempo que aprendía a sacudirlas bien antes de tenderlas y como hacer esto último de manera que no se arruguen, y entre eso y que tengo una magnífica lavadora de esas clase energética A con centrifugado a más de 1.000 rpm el resultado es casi perfecto y de hecho hace años que no plancho una camiseta. Algunas, incluso, después de estar meses guardadas en el cajón, llegan a adquirir consistencia en los plieges del doblez de la pechera y en alguna ocasión he tenido que pasarle la plancha... ¡para que no pareciera que me la habían planchado con dos rayas en el pecho, como si fuera la camisa de los domingos!
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Sí, lo sé, me estoy enrollando demasiado... pero es que hasta me da pereza ponerme a hablar del planchado de las camisas. Lo cierto es que como soy para algunas cosas tan perfeccionista y meticuloso, me doy una maña planchando camisas que no es normal. Y además tampoco tardo demasiado, unos 5/7 minutos por camisa, que me tengo yo estas cosas muy cronometradas. Y como las plancho primero del revés y luego del derecho se quedan absolutamente perfectas.
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Pero es un coñazo ponerse a plancharlas.
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No sé con precisión que serie de acontecimientos o reflexiones me ha llevado a proponerme volver a vestirme con camisa a diario y dejar una temporada los jerseys, camisetas y polos de manga larga, temporada que se alargará ya hasta el año que viene porque en cuanto nos descuidemos empieza a hacer calor otra vez y hay que volver a la manga corta. Dejaré este vestuario aún más informal para fines de semana de haraganear y esas cosas. Teniendo tantísimas camisas es una pena no sacarlas del armario de vez en cuando, que ellas también tienen derecho a salir del armario aunque son muy masculinas, que me las conozco yo.
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Ahora la lucha se centrará en dos aspectos: reorganizar mis armarios para que tengan espacio suficiente y no se arruguen de estar ahí apretujadas como piojos en costura... y otra apañarme en casa un pseudo cuarto de la plancha.
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Porque, digamoslo ya, lo que yo necesito para motivarme a planchar camisas más a menudo es un cuarto de la plancha en condiciones, y no la minibarra de mi cocina, que es muy práctica pero luego no tengo donde ir colgando las camisas.
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Y el segundo aspecto es más de índole ambiental... de crear ambiente, digo. Se me ha ocurrido que para amenizar el planchado y para sentirme más como un hombrecico de mi casa, me voy a poner el portátil con alguna peli/serie/documental o similar para hacer más amena la tarea. Quizá un día hasta me atreva y me ponga a ver mientras plancho "El diario de Patricia". Ya os iré teniendo al corriente.